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Ricard Martínez i Muntada

El proceso de formación de la Liga Comunista Revolucionaria (LCR) no concluyó hasta diciembre de 1973, con la fusión entre ETA VI Asamblea –ETA(VI)- y la organización que ya llevaba el nombre de LCR.[1] Esta última era uno de los dos grupos resultantes de la escisión de la primera LCR, acaecida a fines de 1972; el otro había adoptado el nombre de Liga Comunista (LC). La reunificación LCR-LC, en diciembre de 1977, culminaría la articulación de la organización. Las páginas que siguen se centrarán en un período anterior, el de los orígenes de la primera LCR, y se detendrán en el momento exacto de su fundación. En ellas se mostrarán el contexto y los procesos que llevaron al surgimiento de esta organización y el modo en que empezaron a cristalizar las señas de identidad político-culturales con que afrontaría el inminente proceso de cambio político.

La prehistoria de la LCR se enmarca, de modo general, en el desarrollo de las «nuevas izquierdas» en Europa occidental y las Américas a partir de 1956, un fenómeno que conllevó la radicalización de sectores amplios de jóvenes estudiantes y obreros que ya no se reconocían en la izquierda tradicional. El «largo 1968» –en sus múltiples dimensiones- constituiría la condensación por excelencia de todo ello. Y fue precisamente a partir de 1968, aunque ya con algunos precedentes, cuando una parte de aquella radicalización tomó cuerpo en nuevas organizaciones que, reivindicando para sí la auténtica continuidad del comunismo, se adscribieron a corrientes como el maoísmo, el trotskismo o el consejismo.[2] En España, en el seno del nuevo antifranquismo en ascenso a partir de los últimos cincuenta, se registraron igualmente procesos de radicalización, con frecuencia expresados en términos de crítica a la política de Reconciliación Nacional del PCE y a los desarrollos de la misma. Ahora bien, debe considerarse específicamente la coyuntura de 1967-1970, marcada por el endurecimiento represivo iniciado en diciembre de 1966, que prosiguió durante los dos años siguientes y culminó con el estado de excepción de enero de 1969. Ello parecía dar al traste, a ojos de los sectores radicalizados, con la estrategia mantenida en los años inmediatamente anteriores por el PCE-PSUC en el movimiento obrero y el estudiantil, basada en la actuación abierta y semilegal. Venían a contribuir a tal percepción el reflujo organizativo de las Comisiones Obreras y la crisis de los Sindicatos Democráticos de Estudiantes en Barcelona y Madrid (y la de la hegemonía del propio PCE-PSUC en el movimiento estudiantil). En el mismo sentido operaba el desarrollo de luchas obreras que, según se interpretaba, tendían a desbordar los cauces anteriores; fue el caso, por ejemplo, de la larga huelga de Laminación de Bandas en Frío de Etxebarri (Bizkaia), de noviembre de 1966 a mayo de 1967.[3] Las masivas luchas contra el consejo de guerra de Burgos, en diciembre de 1970, convencieron a los sectores radicalizados de la existencia de condiciones para un proceso revolucionario.[4] No es casual, pues, que fuera en aquel cuatrienio cuando cristalizaron la mayor parte de las organizaciones de izquierda revolucionaria que desarrollarían su acción durante la década siguiente: en 1967, ETA (berri), origen del Movimiento Comunista de España (MCE), y el Partido Comunista de España (internacional) –PCE(i)-, futuro Partido del Trabajo de España (PTE); en 1968, Bandera Roja; en 1970, la Organización Revolucionaria de Trabajadores (ORT), ETA(VI) y la LCR.[5]

Radicalización, crisis y final de las Organizaciones Frente

Los orígenes inmediatos de la LCR se encuentran en el proceso de radicalización que experimentaron las Organizaciones Frente (OF) durante la segunda mitad de los sesenta y, sobre todo, en la crisis en que se sumieron a partir de 1968.[6] La tradicional pluralidad ideológica de las OF había permitido que en su seno convivieran e incluso se entremezclaran posiciones de carácter «gradualista» con otras de intención nítidamente revolucionaria.[7] A partir de 1966-1967, sin embargo, una parte de la militancia más joven manifestó una creciente insatisfacción respecto a lo que consideraba una insuficiente definición estratégica e ideológica y una estructuración laxa que dificultaba la acción. De hecho, y como ya se ha apuntado, esa pulsión hacia la construcción de organizaciones más definidas ideológicamente y más articuladas para la acción fue un fenómeno extendido en la «nueva izquierda» de aquellos años –y especialmente a partir de 1968-, tanto en España como en todo el mundo occidental.[8] Refiriéndose al FLP de Madrid, Julio García Alcalá ha señalado que en ello desempeñaron un papel destacado el ex capellán castrense José Bailo –detenido como opositor ya en 1962 y que había ingresdo en la organización en 1966- y una nueva generación estudiantil. También en ESBA influyó en el mismo sentido la incorporación de nuevos jóvenes. En cuanto al FOC, que se convertiría en el epicentro de la crisis, el mismo autor destaca la incorporación, en 1967, de entre veinte y treinta activistas encabezados por Juan Colomar Albajar –a quien erróneamente llama «José María»- y procedentes de la Falange Universitaria de Izquierda.[9] Si la ruptura con la Falange oficial, según contaba el propio Colomar a García Alcalá, se había dado «por nuestro ateísmo y por influencia de Nietzsche», el tránsito al marxismo, no insólito en aquellos tiempos, es relatado como sigue por un buen conocedor del personaje:

influenciado por la revolución cubana, por el Che, y por el aluvión de debates que se dan en la Universidad, Colomar lideró un colectivo que pidió el ingreso en el PSUC a través de [Manuel] Sacristán, pero éste consideró que sus inquietudes tendrían una mayor adecuación en el FOC, donde Colomar no tardó en ocupar un lugar destacado y polémico».[10]

Efectivamente, Colomar, su fuerte liderazgo y su defensa del «leninismo» serían claves en la futura conformación de la LCR.

Ahora bien, el proceso de radicalización en el seno del FOC, desarrollado sobre todo a partir de 1967, debe enmarcarse en un contexto más general de ebullición radical, estudiantil pero también obrera, en la región metropolitana de Barcelona. En 1967-1968, el propio FOC disputó al PSUC la hegemonía en las Comisiones Obreras –no en vano era, de entre las OF, la que poseía una implantación obrera más significativa, aunque también ESBA tuviera alguna-, y también en 1967 se produjo en el PSUC la escisión del grupo «Unidad», que en diciembre daría paso al PCE(i). En 1968 se constituiría Bandera Roja.[11] También se desarrollaría un sector identificado con la autonomía obrera, virulentamente crítico con las organizaciones de definición leninista. Este último surgió en parte del mismo FOC, cuya crisis tendría asimismo otros componentes, variados y contradictorios.[12] La primera expresión de la misma fue la aparición e inmediata expulsión, entre junio y julio de 1968, del «Ala Izquierda del FOC», formada por militantes obreros de la comarca del Vallès, de las Comisiones Obreras Juveniles (COJ) y de la Universidad; parte de ellos recalarían en el PCE(i), cuyo auge entre los sectores radicales presionaba al FOC y realimentaría su radicalización. Poco después, en la III Conferencia del FOC, iniciada en agosto del mismo año, el sector que se había agrupado alrededor de Colomar, con especial influencia en las COJ y en el sector universitario, vio reconocidas algunas de sus tesis y ganó peso en la dirección. En parte como reacción a ello, pero, más en general, criticando lo que consideraban instrumentalización del movimiento obrero por los partidos políticos, a principios de 1969 abandonó el FOC un grupo de militantes obreros que, si bien en aquel momento fueron calificados de «sindicalistas de derechas», posteriormente formarían el grupo ¿Qué Hacer?, origen, entre otros, de la Organización de Izquierda Comunista de España (OICE) y de los Grupos Obreros Autónomos (GOA). Según Martí Caussa –entonces miembro del sector de Colomar y futuro dirigente de la LCR-, ello suscitó un pacto entre el aparato tradicional del FOC, el sector obrero y un sector de las COJ «contra el grupo Puig [“Juan Puig” era el nombre de guerra de Colomar], que percibió dicho pacto como una derechización del FOC y un preludio de su expulsión».[13] Ésta, efectivamente, se materializó en la IV Conferencia, iniciada en mayo de 1969. Aquel episodio desencadenaría la crisis final del FOC y del conjunto de las OF, que no sobrevivirían al año 1969. Volveremos sobre ello más adelante.

Entretanto, el FLP de Madrid experimentaba su propio proceso de radicalización, con intensos debates pero sin los virulentos enfrentamientos que se vivían en el FOC. Con un alcance que iba más allá de la capital, la Declaración del Comité Político de las Organizaciones Frente, de julio de 1966, ha sido considerada por Julio García Alcalá como una consagración del gradualismo bajo la influencia de la lectura de André Gorz.[14] En cambio, Miguel Romero, militante de la organización y también luego dirigente de la LCR, ha cuestionado la visión unilateral de un Gorz estrictamente gradualista y ha afirmado que la Declaración constituyó un documento de consenso entre las distintas sensibilidades y, al mismo tiempo, un punto de partida de la evolución de la organización; según evocaba: «incluso las contradicciones del texto […] cumplían una función positiva, permitiendo que convivieran distintas lecturas y que en un corto espacio de tiempo se terminara imponiendo la lectura revolucionaria». Romero subrayaba, como base de dicha lectura, «la identidad del FLP en dos puntos políticos centrales (la lucha por la unidad [de las “fuerzas socialistas revolucionarias”, según reza la Declaración] y el objetivo de la revolución socialista [sin etapas intermedias]) que además le diferenciaban radicalmente de la principal organización de la izquierda, el PCE». Un PCE al que la Declaración criticaba en estos términos:

[…] con el régimen evolucionando desde dentro y en marcha hacia unas posiciones de neocapitalismo, mantener la política de Reconciliación Nacional supone un error fundamental en la dirección del movimiento obrero. […] [El PCE] no es una organización reformista pero las implicaciones reformistas de su política son evidentes».[15]

Estas cuestionamientos dirigidos al PCE –todavía mesurados, en comparación con lo que vendría después- no eran nuevos: la política de Reconciliación Nacional inaugurada en 1956 ya había sido tempranamente criticada por el FLP, que en 1959 proclamaba que la existencia de «dos Españas» se explicaba mediante la «teoría llamada de la lucha de clases» y que «no pretendemos cambiar el régimen de Franco por otra dictadura más ligera [es decir, la democracia burguesa]».[16] Más allá de esta cuestión, García Alcalá ha subrayado el tradicional rechazo de las OF hacia el comunismo «oficial» encarnado por el PCE, tanto por su relación con el régimen soviético como porque se lo percibía como una organización cerrada, poco democrática y dogmática. Ahora bien, el mismo autor se refiere a una relación contradictoria, de «amor y odio», con un PCE al que se admiraba por su papel en el antifranquismo, y respecto al cual existió, en ciertos momentos, algo parecido a un «complejo de inferioridad»; éste, en todo caso, desapareció a partir de 1966, en puertas del proceso de radicalización.[17] Los síntomas de ésta se intensificaron a lo largo de 1967 y a ellos no fueron inmunes ni siquiera los representantes del sector «gradualista»; en este sentido, Romero cita un fragmento del libro Integración y lucha de clases en el neocapitalismo, publicado al año siguiente por José Ramón Recalde, dirigente de ESBA:

No hay nada más contraproducente para el logro de sus objetivos [de la clase trabajadora] como que una organización política proyecte en dos planos la lucha: uno reservado a los militantes y otro a la clase obrera, en general. El falso maquiavelismo que consiste en proyectar revolucionariamente unos objetivos a cumplir desde el punto de vista de los militantes y, sin embargo, en forma totalmente reformista e integradora, otros objetivos, so pretexto de que la clase trabajadora no está preparada para la revolución, equivale a abandonar la función activa de subjetivización y de concienciación que debe cumplir la organización con respecto a la clase trabajadora».[18]

Por su parte, Jaime Pastor, que también sería dirigente de la LCR, evocaba el rechazo que a él y sus compañeros del FLP les había causado el libro de Santiago Carrillo Nuevos enfoques a problemas de hoy –rebautizado sarcásticamente como «Viejos problemas con enfoques medievales»- y su planteamiento de ir «buscando diferencias [entre “ultras” y “evolucionistas”] en el bloque franquista. Eso no nos gustaba. […] Y el PCE aparecía ante nosotros con un discurso puramente democrático. Entonces, bueno, pues nos parecía eso insuficiente».[19]

La radicalización experimentaría un salto cualitativo a partir de la recepción de los acontecimientos de Mayo de 1968 en Francia. Para la joven militancia del FLP, la identificación fue no sólo política, sino también vital, como confesaba con franqueza Miguel Romero:

Mi primera relación con el 68 es una foto [...], de las fotos más conocidas del 68, que es una pareja besándose en una barricada. […] Es una barricada de adoquines y luego hay una bandera que probablemente fuera una bandera anarquista, creo, y luego una pareja besándose. Yo vi esa foto en Triunfo [] y a mí esa foto me impresionó muchísimo. Así que sobre el 68 había conocimiento, simpatía, eran estudiantes, tal y cual, pero ver aquello significaba mucho la simbología de lo que a uno le gustaría tener y no tenía, vaya. Era todo: era la barricada, la lucha, el beso, la chica, todo, todo aquello mezclado. Aquello fue un choque emocional enorme, y el FeLiPe […] fue la organización más sesentaiochista de lo que había en la universidad porque era la que estaba mejor preparada para acoger aquello, o sea, los más metidos en la idea de cambiar la vida, los más ansiosos en ese aspecto, digamos.[20]

El mismo Miguel Romero escribía que, para la organización universitaria del FLP en Madrid,

Mayo es una revelación, un deslumbramiento. A partir de entonces, la organización basará su reflexión y sus iniciativas no en la propia experiencia, sino en la interpretación de los acontecimientos de Mayo como un futuro inminente ante el que había que prepararse, reorientando y rectificando la línea seguida hasta entonces. La enorme distancia que, desde todos los puntos de vista […], separaba al movimiento estudiantil que había estallado en Francia del que existía aquí no entraba en la reflexión […]. No se sentía la discordancia entre lo que éramos y lo que queríamos ser.

Una discordancia no del todo percibida que, cabe avanzarlo, caracterizaría en una u otra medida a la LCR durante toda su trayectoria, al igual que les ocurrió al resto de organizaciones de la izquierda revolucionaria. En todo caso, Romero consideraba que, gracias a aquella intensa identificación con Mayo, el FLP tuvo «una gran capacidad de atracción hacia jóvenes estudiantes con sangre en las venas», y no sólo por una motivación «vitalista», sino también porque «era la única organización que defendía la perspectiva de revolución socialista frente al neocapitalismo y esa era la revolución que parecía estar en el próximo horizonte europeo a partir de Mayo». La transformación experimentada es explícita en materiales como Acción Universitaria –boletín de la organización universitaria del FLP- de noviembre de 1968, en el que se funden claramente la dimensión vital y la política:

Vamos a hacer asambleas, tribunas libres, murales, denunciando, discutiendo, aclarando problemas. Vamos a traer a nuestras asambleas, nuestras aulas ocupadas a obreros, jóvenes y mayores y vamos a ir a sus barrios, sus asambleas a discutir juntos, actuar juntos. Vamos a pensar en cada momento en cada lugar qué podemos hacer por la deseada, posible, necesaria Revolución. Vamos a hacer lo que pensemos. […] Vivamos revolucionariamente».[21]

Mayo de 1968: el beso y el deslumbramiento

Muerte de Enrique Ruano, enero de 1969: el desgarro y el aturdimiento

Aquel sueño sufrió una durísima sacudida tan sólo dos meses después, en enero de 1969:

Si Mayo fue un deslumbramiento, el asesinato de Enrique Ruano fue como si todo se apagara, una caída en la oscuridad. Además del dolor y el desgarro moral, el crimen enfrentaba al FLP a responsabilidades que no estaba en condiciones ni políticas, ni organizativas para afrontar. La organización quedó noqueada. La instauración posterior del estado de excepción agravó esta situación de aturdimiento.[22]

En otro lugar, Romero subraya la reacción exasperada de la organización:

La respuesta a esta nueva situación por parte del FLP, tras sobreponerse al golpe durísimo que significó el asesinato de Ruano y al endurecimiento de la represión (que le afectó especialmente por el exilio de Jaime Pastor y Lucía González), combinó de nuevo lucidez y voluntarismo, ahora ya con rasgos de un activismo desesperado, a partir de “acciones ejemplares” […] y una mitología del cóctel molotov».[23]

Y, en su testimonio oral, lo resume de otro modo:

cuando nos encontramos con que asesinan a uno de los nuestros… eso es un choque enorme. […] Que un colega con el que tú hubieses tenido una reunión hacía unos días y con el que estabas habituado a verte, a hablar, comentar, del que eras más o menos amigo, que lo mate la policía, era una cosa... en fin, no sé… un acontecimiento que te rompía totalmente, no solamente te indignaba sino que te planteabas de otra manera la militancia. [...]. Así que yo creo que ese choque reforzó por una parte la idea de la entrega a la causa, de la entrega a la revolución, y al mismo tiempo empezamos a pensar en que teníamos que ser más duros, vamos a decirlo.[24]

José Luis de Zárraga, exponente de la sensibilidad «gradualista» del FLP de Madrid, resume así su experiencia del período 1967-1969: «se fue abriendo cada vez más la brecha entre las posiciones radicales de los estudiantes, secundados por Bailo en la dirección, y las posiciones más inclinadas a la intervención política y sindical, que representaban sobre todo [Ignacio] Quintana, [Francisco] Pereña y Zárraga». Estos últimos,

aunque no dejaron de participar en el debate y, secundariamente, en la dirección política […] se alejaban cada vez más de la estrategia de consolidación del FLP como partido con pretensión de convertirse en la vanguardia obrera, en cuya viabilidad no creían, y adoptaron lo que en aquella época fue calificado como una postura liquidacionista. […] En esta situación llegó la crisis del FOC.[25]

Efectivamente, y como ya se ha indicado, la crisis del FOC fue el epicentro de la crisis generalizada que terminaría con la desaparición de las OF. El detonante de su fase final fue la expulsión, en la IV Conferencia iniciada en mayo de 1969, del sector izquierdista galvanizado por Juan Colomar. Una valoración retrospectiva realizada en abril de 1970 por el grupo Comunismo, procedente directamente de aquel sector –y precedente inmediato de la LCR-, se refería a la trayectoria seguida por sus propios integrantes como «proceso de maduración de los oportunistas de izquierda en el FOC». Según su análisis –y su descarnado relato- de la lucha fraccional, «a la crisis del PCE y de CC.OO., al entrar el año 1969, lógicamente debía seguir la bancarrota del FOC», por haber «presentado su alternativa el PCE dentro del terreno de juego del mismo», es decir, en las Comisiones Obreras. El FOC emprendió entonces «un viraje izquierdista que colocaba, de hecho, las riendas de la organización en manos de su sector oportunista de izquierdas» y que llevó al «choque de la izquierda con la dirección tradicional». La ruptura se precipitó «desde marzo de 1969, acelerada sobre todo por el intento de los oportunistas de izquierda de […] creación de unas Juventudes, como base de operaciones para la toma del poder en la organización». En comparación con rupturas previas, se había contado con la ventaja de «un proceso más prolongado de incubación», que había permitido una mayor extensión de las posiciones de «nuestra fracción», de la cual además formaban parte –otra ventaja- «elementos de la dirección». Según se reconocía sin ambages,

se decidió una táctica que combinase la acción de un polo abiertamente fraccional, con un pie fuera de la organización, con el estímulo de posiciones centristas que pudieran ser radicalizadas progresivamente hacia la izquierda, conforme la derecha se iba empeñando en una política represiva. Ello significaba no desorganizarse, sino permanecer el máximo de tiempo posible, «hacerse expulsar». En efecto, el primer punto del orden del día (punto que ocupó tres sesiones) de la IV Conferencia del FOC, se anunció ya explícitamente como el «punto de las expulsiones».[26]

Y así, según explica Martí Caussa, en la conferencia «tuvo lugar la llamada expulsión de los trotskistas (aunque en realidad todavía no lo eran) ante los ojos atónitos de los invitados del FLP madrileño y de ESBA».[27] La onda expansiva no se hizo esperar; José Luis de Zárraga relata así el desenlace:

Cuando el debate del FOC fue cerrado con la expulsión de la fracción […], los dirigentes del FLP [Bailo, Pereña, Romero y Zárraga] y ESBA [Recalde], presentes en la IV Conferencia de la organización catalana, manifestaron su desacuerdo y pidieron que se reabriese el debate y se replantease la cuestión. Días después, en Madrid, el Comité Político del FLP presentaba su dimisión a los militantes y les convocaba a una asamblea permanente de debate sobre el futuro de la organización frentista. Tres meses después, el FLP se había disuelto.[28]

De la «Fracción de las Organizaciones Frente» al grupo Comunismo

En su mirada retrospectiva de abril de 1970, el grupo Comunismo se refería en los siguientes términos a la fracción de la que procedía:

Las características de composición de clase y nivel político de los militantes de la fracción vienen determinadas por las mismas condiciones objetivas en que se realiza la escisión. En una organización [el FOC y, por extensión, las OF] empirista, estructurada según una trilogía de castas (pensantes, explicantes y ejecutantes), en la que la dirección está compuesta mayoritariamente por viejos cuadros frentistas, y en la que la base obrera tiene un bajísimo nivel (el necesario para asimilar y repetir consignas), la composición política y de clase de una fracción de izquierdas viene dada como resultante de todos estos factores: fundamentalmente, universitarios o exuniversitarios (y algunos obreros jóvenes), es decir, composición de clase pequeño-burguesa, y cuadros intermedios.

Partiendo de esta realidad, «las actividades del núcleo fraccional durante la primera mitad del verano [de 1969]» se orientaron a «consolidar, a nivel nacional, núcleos fraccionales con posiciones políticas similares [...]. El fruto de esta actividad es la consolidación del núcleo de Madrid, fruto del estallido del FLP, y su incorporación política y organizativa al núcleo fraccional inicial». En los meses siguientes, la tarea fundamental sería «buscar unas bases teóricas comunistas para la práctica política», empeño en el que seguía volcado el grupo en el momento de escribir aquellas líneas.[29] El relato de Martí Caussa precisa:

Los expulsados de las Organizaciones Frente y los que se solidarizaron con ellos eran unas decenas de militantes. Al principio no adoptaron ningún nombre y acordaron que su tarea fundamental era dotarse de unas bases teóricas comunistas, que debían elaborarse en un proceso de discusión interna. Esto implicó el práctico abandono de la intervención, así como la pérdida de buena parte de los simpatizantes y contactos acumulados en la época de activismo dentro de las Organizaciones Frente.[30]

Por su parte, Miguel Romero subrayaba los efectos negativos de la ruptura, incluso antes de aquel encierro teoricista:

La pérdida fue enorme, eso [la disolución del FLP] fue una decisión muy destructiva. Yo creo que el Grupo Comunismo como mucho podríamos ser en Madrid veintitantas personas o algo así. Luego teníamos a Jaime y Lucía que estaban en el exilio en Francia pero que con los que ya teníamos desacuerdos y acuerdos pero bastante relación. Los considerábamos un poco como gente nuestra que está fuera, por decirlo así, aunque estaban formalmente organizados en la Liga [francesa], y luego había el grupo de Cataluña que podrían ser quizás también diez, doce o trece. Pero vamos, todo lo que había sido ese magma del FeLiPe se va, claro.[31]

Las cifras de Romero sobre Barcelona y Madrid no son necesariamente exactas, pero dan un global coincidente a grandes rasgos con las «decenas» -entre tres y cuatro- indicadas por Caussa y otras fuentes.[32] En todo caso, parece seguro que la presencia de la fracción y luego de Comunismo se extendía, más allá de Barcelona y Madrid, a Valencia, Bilbao y Asturias, por lo menos.[33] Y también resulta claro que la ruptura y el subsiguiente encierro teoricista –sobre el que nos extenderemos más adelante- comportaron el desaprovechamiento de ciertas oportunidades de articulación de un colectivo más amplio.

En interacción con el proceso fraccional y de ruptura, se fue desarrollando un acercamiento del grupo al trotskismo y, particularmente, a la Jeunesse Communiste Révolutionnaire (JCR) francesa, organización que había tenido un destacado papel en los acontecimientos de mayo de 1968 y que en abril del año siguiente, fusionándose con el Parti Communiste Internationaliste (PCI) –la sección histórica de la IV Internacional en Francia-, dio lugar a la Ligue Communiste (LC).[34] Retrospectivamente, distintos fundadores y dirigentes de la LCR española han estado de acuerdo en que dicho acercamiento fue más empírico que doctrinal: «un encuentro, no una conversión».[35] El encuentro con las organizaciones francesas y, por extensión, con la principal corriente internacional de inspiración trotskista, representada por el Secretariado Unificado de la IV Internacional, se habría dado no tanto por un debate teórico como por la actitud y la práctica de dicha corriente en relación con mayo del 68, Vietnam y los grupos guerrilleros de América Latina; también por sus análisis sobre el Estado español.[36] En otro lugar, Miguel Romero precisaba algunos aspectos del encuentro:

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p>Yo creo que lo primero y lo más importante es el internacionalismo […] nos sentimos muy a gusto con esa idea […] de los tres sectores de la revolución mundial, que además coincidía mucho con nuestra experiencia del 68. Habíamos tenido Francia, pero habíamos tenido también Checoslovaquia, habíamos tenido México… […].

Pero yo creo que lo segundo es la memoria. Nosotros tenemos una organización sin referencias, el FeLiPe, y eso es algo que nos produce envidia respecto al PCE. El PCE tiene una historia, y nosotros éramos una cosa rara con un nombre que no nos gustaba. […] No teníamos ninguna historia que contar y necesitábamos una historia para construir un partido […]. Por eso, aunque no nos gustaba, nunca nos gustó llamarnos trotskos, al final lo hemos asumido porque como es una palabra de uso común y además es aprehensivo, dices: «pues vale: trotsko». Pero la idea de que éramos los comunistas que habíamos resistido al estalinismo, esa idea, fue potentísima […]. Así que el enlace es con la idea de que al hacernos trotskos formábamos parte de toda la corriente comunista que fue capaz de resistirse, aunque ganase el estalinismo, y que «seguiremos luchando», y que además el futuro del comunismo está vinculado en buena medida a que se recupere esa tradición de la que nosotros formábamos parte.[37]

La LC francesa, interesada en la constitución en España de un grupo afín lo más numeroso posible, creó en otoño de 1969 la Comission Espagne, de la cual formaban parte Lucía González y Jaime Pastor, refugiados en París desde enero de aquel año. Pastor ha relatado los esfuerzos realizados desde Francia:

Entonces, lo que hacemos es intentar ayudar a construir un grupo aquí [en España] y [...] mantenemos correspondencia muy irregular, a través de algún amigo que viene, pues con algún compañero como por ejemplo, Miguel Romero. Pero el problema es que realmente, el núcleo constituyente, una vez disuelto el FLP, de la futura Liga, será el grupo Comunismo, que está concentrado fundamentalmente en Cataluña ¿no?, en Barcelona [Comunismo fue el nombre empleado a escala estatal, pero es cierto que era el núcleo catalán el que llevaba la iniciativa]. Entonces, claro, con ese núcleo, aunque procediera del FOC, yo no tenía relación personal. Entonces lo que hubo fue, a partir de 1970, viajes de un compañero francés de la «Comisión España» de la Liga francesa a Barcelona, sobre todo y alguna vez a Madrid, para discutir con esta gente.

Su testimonio también muestra otra vertiente de las oportunidades desaprovechadas:

[...] la idea que teníamos era que, como además la JCR francesa, en ese momento, había caído simpática, digamos, a más gente que a gente del FLP; entonces, claro, empiezan a surgir algunos grupitos, estaba también Acción Comunista, con los que yo estaba en relación en París. Entonces, la idea era, a ver si podía constituirse un grupo más amplio, que sólo el grupo Comunismo. Entonces, esa era nuestra idea, pero bueno, finalmente no cuajó.[38]

No cuajó porque, por una parte, el incipiente grupo Comunismo quería preservar cierta autonomía y, por otra, se iba a sumir en el encierro teoricista ya mencionado, del que no saldría hasta fines de 1970. Décadas más tarde, Miguel Romero sería despiadado el respecto:

una parte muy importante de los dirigentes de la organización [del FLP de Madrid] decidieron poner en segundo plano el activismo militante, que era lo que mejor sabían hacer y el cemento real de la organización, y pasar a un período de hibernación en busca de lo que llamaron una “delimitación teórica”, expresión tan misteriosa como pedante [...]. La decisión era aún más absurda, porque el grupo ya estaba bastante “delimitado” [...] y su referencia era la Liga Comunista francesa y la corriente trotskista que representaba».[39]

Ello es aplicable al conjunto de la fracción de las OF y del posterior grupo Comunismo (aunque hay que matizar que en su interior se formó, con núcleo en Catalunya, un sector que se orientaría hacia la corriente trotskista internacional dirigida por Pierre Lambert y que sería expulsado en vísperas de la fundación de la LCR[40]). Así pues, «nos ponemos a leer muy desesperados, y de una manera muy desordenada, para poder hacer la célebre delimitación ideológica».[41] El repliegue teoricista no desmiente, pero sí matiza, la idea del «encuentro» frente a la «conversión». Sin cuestionar que el primero fuera lo central, algo parece haber habido de la segunda, tal vez de manera más intensa en el grupo catalán, en el cual era determinante el peso de Colomar, con su «manera de entender el liderazgo de forma férrea y bastante personalista».[42] La máxima expresión escrita del encierro teoricista sería, sin duda, el número 0/1 de la revista Comunismo, aparecido en abril de 1970; sus densísimas 87 páginas las ocupaba un solo texto, titulado «Marxismo leninismo y oportunismo (aproximación a la construcción del partido comunista en España)». Retrospectivamente, se ha relativizado su importancia en la prehistoria de la LCR; por ejemplo, Martí Caussa ha señalado que «Le crépuscle du franquisme», texto del dirigente de la IV Internacional Ernest Mandel al que nos referiremos más adelante, «contribuyó más a orientar la LCR que las farragosas páginas del Comunismo 0/1 y todos los fallidos intentos de elaborar un texto de referencia».[43] Siendo esto cierto, no lo es menos que «Marxismo leninismo y oportunismo...» revistió cierto carácter fundacional y refleja la cultura política del grupo en aquellos momentos, con el doctrinarismo y el marcado sectarismo que fueron comunes a todos los grupos de izquierda revolucionaria en su primera fase. Al mismo tiempo, en él se pueden observar embrionariamente algunas de las señas de identidad -o algunos de los elementos político-culturales- que caracterizarían a la LCR en sus primeros años y, en ciertos aspectos, durante toda su trayectoria: el internacionalismo, el antiestalinismo, las duras críticas al PCE, la necesidad de un partido revolucionario regido por la democracia interna y, en relación con todo ello, la adscripción al trotskismo (aunque cada vez más la organización preferiría calificarse de «marxista revolucionaria»).

De modo característico, el texto se abría con un apartado de análisis de la situación internacional, marcada por un «ascenso revolucionario en el mundo» y «la aparición de nuevas vanguardias»; ello se había manifestado particularmente en 1968 con la ofensiva del Tet en Vietnam, el mayo francés –calificado de «situación prerrevolucionaria»- y los acontecimientos de Checoslovaquia, que habían agudizado «la crisis del stalinismo». La «relación cada día más profunda» existente «entre estos tres frentes» planteaba con suma urgencia «el problema de la Internacional Comunista». También se expresaba la crítica al estalinismo –que se analizaba como producto de «la degeneración burocrática» de la URSS y no se consideraba acabado con el XX Congreso del PCUS- y a los partidos comunistas europeos a él asociados, que habían «pasado a ocupar el espacio político de la socialdemocracia, convertida definitivamente en gestora de los intereses del capital monopolista».[44]

En cuanto a la situación española, el documento estaba presidido por la idea de «la crisis del reformismo y el oportunismo», que había ido aparejada, también aquí, con el surgimiento de una nueva «vanguardia relativamente amplia». Se consideraba que el giro represivo iniciado a fines de 1966 había comportado un «hundimiento» de la política del PCE, fracaso del que formaba parte «la bancarrota de las CC.OO.».[45] Casi un cuarto de siglo después, Jaime Pastor contextualizaba este análisis: «no hay que olvidar que para nosotros la crisis del estado de excepción de 1969 [...] niega la hipótesis carrillista de que, bueno, pues hay los ultras, hay los evolucionistas y tal». Asimismo, «se considera al PCE un poco responsable de haber favorecido excesiva publicidad, digamos, de Comisiones Obreras o del sindicato [democrático de estudiantes], excesiva confianza en las vías legales […]».[46] Ahora bien, según el grupo Comunismo tampoco se habían salvado de la crisis las organizaciones a la izquierda del PCE, ya que la combatividad espontánea de la clase obrera

ha desbordado a sus aletargadas ‘vanguardias’. Todas las organizaciones reformistas, sindicalistas y oportunistas, van cayendo, una detrás de otra, como los frutos podridos de un árbol que el proletariado empieza a agitar. [...]

SE CIERRA, POR TANTO, EL PERIODO ENCABEZADO POR LAS COMISIONES OBRERAS REFORMISTAS, Y SE CONSUMA LA CRISIS DE LAS ALTERNATIVAS IZQUIERDISTAS AL MISMO, INCAPACES DE OFRECER UNA SALIDA REVOLUCIONARIA.

La situación, pues, enfrentaba «una vez más a los revolucionarios de España a su tarea crucial: la construcción de la dirección comunista del proletariado español». De hecho, todo el documento está formulado en clave de construir un «Partido Comunista» inexistente en el presente. En él subyace también la visión –no exenta de ciertas dosis del criticado «espontaneísmo»- de una clase obrera sana frente a todo tipo de aparatos reformistas, burocráticos o simplemente ineptos. Ahora bien, al mismo tiempo, esa clase obrera necesitaba una dirección revolucionaria. Y el problema era que incluso los grupos situados a la izquierda del PCE que así lo proclamaban incurrían en distintos errores, agrupados por los autores del texto bajo la etiqueta de «posiciones metafísicas en relación con el problema de la construcción del Partido revolucionario»; el fuerte sectarismo presente en esta polémica imposibilitaba cualquier diálogo con otros grupos radicales, por más que esa fuera la vocación explícita del texto.[47]

La necesidad de la construcción de un nuevo partido revolucionario era el objeto de uno de los apartados centrales del texto, «Bases teóricas comunistas»;[48] se trataba una especie de compendio de leninismo –con todo lo problemático que resulta el empleo de este concepto, dada la complejidad y la evolución de las concepciones de Lenin sobre el partido- según la codificación de la corriente trotskista a la que el grupo se iba aproximando. A diferencia de la revolución burguesa, y debido a la absoluta dominación del proletariado por la burguesía, «la Revolución Socialista no comenzará sino a partir de la toma del poder político». Para lograr tal objetivo, había un problema central que vencer:

[...] las relaciones entre la conciencia espontánea del proletariado y la conciencia revolucionaria no solo son relaciones de simple distinción sino de contradicción; y esta contradicción es insuperable dentro del marco exclusivo del movimiento espontáneo [...]. El dato nuevo que permite superar esta contradicción [...] es la incorporación al movimiento obrero espontáneo de un elemento exterior, por su misma naturaleza, al marco de dominación ideológica en que se mueve el proletariado en su experiencia diaria. Este elemento es la teoría revolucionaria: el marxismoleninismo.

La razón de ser del partido era precisamente llevar a cabo esa incorporación, que haría posible «la transformación de la lucha espontánea (sindicalista reformista, etc.) en verdadera lucha de clases, es decir, en lucha política por la conquista del poder estatal»; una toma del poder que para la cual el partido era también un instrumento fundamental. Por lo demás, dado que la revolución socialista tenía que ser mundial, también el partido debía tener esta dimensión, a fin de garantizar una estrategia conjunta. Por último, pero no menos importante, estaba la cuestión del funcionamiento interno, regido por el «centralismo democrático». Éste se basaba en «la subordinación de cada parte al total del Partido» y combinaba «la disciplina en la actuación, como condición de la mayor unidad del trabajo político», con «la democracia obrera, que garantiza y fomenta la participación libre y responsable en todas las decisiones básicas». Ello debía traducirse en «la ramificación de especialización de las funciones prácticas a partir de un centro, que representa la disciplina en la acción», articulada con «la desaparición de toda especialización en la discusión de la política general a seguir [...] de manera que solo sea aplicable la subordinación de la minoría a la mayoría» y con «la elegibilidad y revocabilidad de todos los órganos del Partido»; se afirmaba, asimismo, «la libertad de tendencia (derecho a formar bloque para la defensa y propaganda de distintos puntos de vista dentro de la organización y los principios del Partido)». Ahora bien, también se consideraba imprescindible «la lucha ideológica interna (la única forma de lucha de clases en el interior del Partido Comunista)». Esta última cuestión refleja, por decirlo de algún modo, el carácter aún inacabado de la aproximación del grupo al trotskismo, ya que se trata de una clara influencia maoísta; algo parecido sucede con el uso reiterado de «marxismo leninismo» y fórmulas similares, nada habituales en la tradición a la que se vincularía la LCR.

En todo caso, la opción por el trotskismo era ya explícita en el texto, aunque todavía sin definición por ninguna de las corrientes internacionales existentes; se consideraba preciso profundizar aún más en la ardua tarea de «delimitación» en curso, pero «de una forma general, creemos que los esquemas del trotskismo representan la verdadera continuidad de la línea leninista, y un real enriquecimiento del leninismo». En consecuencia, se afirmaba la validez de la «Teoría de la Revolución Permanente», que incluía la «transformación de la Revolución Democrática en Revolución Socialista tras la toma del poder por la clase obrera», la «permanencia del proceso revolucionario tras la toma del poder por la clase obrera» y «el desarrollo internacional del proceso revolucionario hasta su finalización en el plano mundial». Asimismo, se reconocía la aportación del trotskismo en «la elaboración, a nivel de hipótesis generales, de dos grandes temas», a saber: «el carácter social de la burocracia en los Estados Obreros de transición» y también «en los partidos y organizaciones obreros antes de la toma del poder», y «el programa de transición para los países de capitalismo avanzado».[49] Más allá de estas consideraciones, el grupo se planteaba como tarea a llevar a cabo ni más ni menos que la de sacar al «materialismo dialéctico» de su relativo atraso respecto al «materialismo histórico», algo que ilustra bien la enorme distancia existente entre su realidad y sus pretensiones.

Al hilo de esta última cuestión, cabe señalar la paradójica coexistencia, en el grupo Comunismo, de una innegable conciencia de las propias limitaciones y unas ambiciones en ocasiones desmesuradas (y desenfocadas). Por una parte, se reconocía que «[…] no formamos todavía un grupo político, en sentido estricto. Antes bien, estamos en vía de organizarnos como tal». Logrado esto, «la fase de grupo debe ser concebida como una fase de acumulación primitiva de cuadros comunistas». Pero en esa etapa de «consolidación de un grupo comunista y su desarrollo como núcleo del Partido del proletariado en España» seguiría revistiendo una importancia central avanzar en la «definición teórica de la vanguardia marxista leninista». Para ello debería elaborarse un «Texto de Referencia», destinado a «condensar el conjunto de cuestiones teóricas que debemos resolver los comunistas en el punto de partida de un proceso de desarrollo y profundización de nuestra definición en todas las cuestiones que plantea la lucha proletaria. [...]». El texto, aunque fuera tentativamente dadas las reconocidas limitaciones del grupo, abordaría todas aquellas cuestiones, desde el análisis de la sociedad española y el carácter de clase de la revolución hasta la estrategia, la táctica y la organización. La perspectiva subyacente era la futura «conquista ideológica de la vanguardia proletaria por un grupo de propagandistas que, si no desciende sobre el movimiento espontáneo armado definitivamente de la teoría revolucionaria, cuenta al menos con las bases teóricas imprescindibles». La prioridad absoluta del «Texto de Referencia» repercutía de modo determinante en las demás tareas:

Nuestra práctica externa, las «tareas secundarias» de esta fase, quedan muy limitadas por la estrechez de nuestras posibilidades en el momento actual. Señalamos brevemente, y de una forma general, estas tareas:

- propaganda revolucionaria

- lucha ideológica

- formación comunista

- organización de estructuras de penetración en las grandes empresas

- inserción en las grandes fábricas.[50]

Resta añadir que, en lo tocante al movimiento obrero, el grupo expresaba un rotundo rechazo a cualquier tipo de acción legal y a la participación en las Comisiones Obreras: «en España se abre la posibilidad de CONSTRUIR EL PARTIDO COMUNISTA Y LAS ORGANIZACIONES OBRERAS VINCULADAS AL MISMO, FUERA DEL ÁMBITO POLÍTICO Y ORGANIZATIVO QUE LOS ESTALINISTAS Y OTROS REFORMISTAS PATROCINAN». Se trataba, pues, de construir «ORGANIZACIONES PERMANENTES DISTINTAS DEL PARTIDO Y DEPENDIENTES DE HECHO DEL MISMO, CORREAS DE TRANSMISIÓN DE SU POLÍTICA Y DE LAS EXPERIENCIAS DE LUCHA OBRERA EN LAS FÁBRICAS, CAPACES DE IMPULSAR MOVIMIENTOS DE MASA DESDE ÉSTAS». De modo más general, «los comunistas no vamos a luchar por la “libertad sindical” ni por la “conquista de un sindicato de clase, unitario y democrático”, entelequia que no existe ni puede existir en parte alguna del mundo y menos en España». Sólo se consideraban aceptables los comités de huelga, «únicos organismos unitarios y a la vez autónomos de la clase obrera».[51] Esta orientación ultraizquierdista y sectaria en el terreno del movimiento obrero fue objeto de la oposición de la LC francesa y la IV Internacional. En vísperas del consejo de guerra de Burgos, Lucía González y Jaime Pastor manifestaban desde París sus diferencias con el grupo Comunismo a propósito de la oposición frontal del mismo a la Jornada pro-amnistía impulsada por el PCE para el 3 de noviembre de 1970 y, por extensión, de su actitud hacia las Comisiones Obreras: sin propugnar explícitamente la integración en ellas, reprochaban al grupo un «análisis excesivamente simple de la crisis de las CCOO y de las corrientes reformistas» y subrayaban la importancia de las reivindicaciones antirrepresivas y de la «potenciación de organismos de frente único con otras corrientes». Y precisamente, añadían, las Comisiones eran «un organismo de frente único entre las dos organizaciones o corrientes más importantes a escala nacional: el PC y el sindicalismo católico (ORT, principalmente)»; tal agrupamiento «hace que su capacidad de movilización [...] sea mayor que el que pueda poseer cualquier otro pequeño grupo». Lo que proponían era, en definitiva, realizar un trabajo unitario defendiendo en el marco del mismo las posiciones propias.[52]

Décadas después, Jaime Pastor reflexionaría al respecto en estos términos:

Entonces, el error […] fue, confundir la consideración de que el partido [el PCE] ya no era un partido revolucionario, para hablar en esos términos, con la imposibilidad de poder trabajar juntos con la gente del PCE y otras corrientes, dentro de otras organizaciones más amplias. Y está claro que Comisiones Obreras seguía teniendo una autoridad importante en los trabajadores concienciados ¿no?. Y en la Universidad, claro, pasa un poco lo mismo, que es verdad que el Sindicato Democrático ya había entrado en crisis después de la represión, pero, claro, lo que se hace, es optar sólo por organizar a los estudiantes más radicales. […] nosotros [en la LC francesa] pensábamos, bueno, pues se puede ser muy critíco, o muy radical, o muy duro en las críticas al PCE, pero hay que buscar la unidad de acción de todas las corrientes, con mayor razón en las condiciones del franquismo.[53]

A pesar de que el grupo Comunismo reconoció su error sobre el 3 de noviembre y contempló un «trabajo de fracción en aquellas comisiones con influencia de masa»,[54] la orientación general de autoexclusión de las Comisiones Obreras se mantendría una vez fundada la LCR y no se rectificaría hasta mediados de 1972.

El encierro teoricista y su final: de Comunismo 0/1...

a la lucha contra los consejos de guerra de Burgos

El fin del encierro teoricista: hacia la fundación de la LCR

Por lo demás, el extremo teoricismo del grupo no impidió la continuidad, aunque fuera muy débil, de cierto trabajo de intervención. Así lo reflejaba el informe de la inteligencia militar ya referenciado en una nota anterior:

En 1.970, [los miembros de la fracción de las OF que darían lugar a la LCR] se funden en el grupo “Comunismo”, de matiz trotskista y ultraizquierdista, cuyas organizaciones de masas muy virulentas en su día eran: “Universidad Roja” en la Enseñanza Superior, “Barricada” en Enseñanza Media, y “Proletario” en el ámbito laboral.[55]

Y esa continuidad –aunque no se tratara propiamente de un trabajo «de masas»- fue clave. Martí Caussa ha señalado que, si bien la «reclusión teoricista estuvo a punto de significar la desaparición del grupo Comunismo», éste, a lo largo del mismo año 1970, «fue rescatado gracias a la sensibilidad de sus militantes, implicados en luchas duras como las de AEG y Harry Walker o en las luchas contra las penas de muerte solicitadas en el Consejo de Guerra de Burgos».[56] Miguel Romero evocaba que, particularmente con Burgos, «la hibernación terminó, aquellos debates insoportables sobre el sexo de diversos ángeles althusseristas o trotskistas fueron olvidados»;[57] la masiva lucha

nos hace saltar por los aires toda esta historia que habíamos montado: «Bueno, ya está bien; vamos a dejarnos de rollos y vamos a volver hacer lo que nos gusta, lo que queremos, que es además lo que sabemos hacer». Y de ahí nace, con esta ruptura de esta etapa hiperteoricista e hiperideologizada, la Liga, que nace ya como un proyecto vinculado al mundo de la Liga francesa, y por tanto a Mandel y compañía.

En efecto, la constitución de la LCR fue inmediata, aunque «el impacto de la lucha por la amnistía y los consejos es tan grande que nadie sabe a ciencia cierta cuándo se fundó la Liga, o sea, no tiene fecha».[58] En marzo de 1971, el primer número de Combate proclamaba, sin mayores precisiones, la existencia de la organización.[59]

Y, desde luego, indisolublemente ligado al momento fundacional de la LCR estaría el texto de Ernest Mandel que ya se ha mencionado anteriormente, publicado en enero de 1971 bajo el título «Le crépuscule du franquisme».[60] Con el trasfondo de las grandes movilizaciones de protesta contra el consejo de Burgos, Mandel analizaba que, debido a la debilidad del capitalismo español, «mientras dure la combatividad creciente de las masas, la burguesía española sólo tiene perspectivas realistas de supervivencia en el marco de una dictadura». En coherencia con ello, «la dictadura franquista no puede metamorfosearse en democracia burguesa “bajo la presión de las masas”. Debe ser derrocada por una acción directa revolucionaria de las masas» que «pondrá al orden del día [...] la creación de una democracia socialista de los consejos». Este balance de Burgos postulaba, pues, la plena actualidad de la perspectiva revolucionaria, un elemento que no se había explicitado en los análisis de la fracción de las OF ni de Comunismo y que a partir de aquel momento y durante los tres o cuatro años siguientes informaría la visión de la LCR. Por otros caminos y con otras formulaciones, esta apreciación sería compartida durante los primeros setenta por el grueso de las organizaciones de la izquierda revolucionaria.

Ricard Martínez i Muntada, Universitat Autònoma de Barcelona / CEFID


Nota: el presente texto, destinado exclusivamente a su publicación en la web de Viento Sur, se encuentra a medio camino entre el documento de trabajo que se aportó al congreso Las otras protagonistas de la Transición: izquierda radical y movilizaciones sociales (Madrid, 24 y 25 de febrero de 2017) y la versión definitiva de la comunicación que se publicará en las actas del mismo. Para ser exactos, se aproxima más a esta última, pero está pendiente de revisión final y, por lo tanto, tiene carácter provisional.

[1] La denominación entonces adoptada, LCR-ETA(VI), se mantendría hasta el congreso celebrado en agosto de 1976, en el cual se regresó al nombre de LCR a escala estatal y se adoptó el de Liga Komunista Iraultzailea (LKI) en Euskal Herria.

[2] La obra de referencia sobre las nuevas izquierdas, aunque se centre esencialmente en los casos alemán, británico, francés e italiano, sigue siendo Massimo Teodori: Las nuevas izquierdas europeas (1956-1976), Barcelona, Editorial Blume, 1978 (3 vol.). Por lo que se refiere al «largo 68», una buena síntesis de las aportaciones recientes en Emmanuele Treglia: «Presentación» [del dosier «Las izquierdas radicales más allá de 1968»], Ayer, 92, 2013, pp. 13-20; en cuanto a su carácter de auténtico desafío al orden vigente, véase Gerd-Rainer Horn: The Spirit of ’68. Rebellion in Western Europe and North America, 1956-1976, New York, Oxford University Press, 2007.

[3] Sobre el reflujo de las Comisiones, véanse, por ejemplo, Carme Molinero y Pere Ysàs, Productores disciplinados y minorías subversivas. Clase obrera y conflictividad laboral en la España franquista, Madrid, Siglo XXI, 1998, pp. 185-201, y Emmanuele Treglia: Fuera de las catacumbas. La política del PCE y el movimiento obrero, Madrid, Eneida, 2012, pp. 226-248. En cuanto a la crisis de los Sindicatos Democráticos de Estudiantes, Josep M. Colomer: Els estudiants de Barcelona sota el franquisme, Curial, Barcelona, 1978, vol. I, pp. 298-304, y José Álvarez Cobelas: Envenenados de cuerpo y alma: la oposición universitaria al franquismo en Madrid (1939-1970), Madrid, Siglo XXI, 2004, pp. 263-267; sobre la quiebra de la hegemonía del PCE en la Universidad, analizada en términos de cultura política, José Babiano: «Retóricas y espacios del antifranquismo», en Pérez Ledesma, Manuel, y Saz, Ismael (eds.): Del franquismo a la democracia, 1936-2013 (Volumen IV de la Historia de las culturas políticas en España y América Latina), Madrid/Zaragoza, Marcial Pons/Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2015, pp. 323-324. Sobre Bandas, Nuestra huelga. 30 de Noviembre 1966-15 Mayo 1967. 163 días de lucha obrera contra el capitalismo fascista del Estado español, París, Trabajadores de Laminación de Bandas Echevarri, 1968 (con un discurso manifiestamente anticapitalista que no se limita al título), y Pedro Ibarra Güell y Chelo García Marroquín: «De la primavera de 1956 a Lejona 1978. Comisiones Obreras de Euskadi», en David Ruiz (dir.): Historia de Comisiones Obreras (1958-1988), Madrid, Siglo XXI, 1993, p. 119.

[4] Hartmut Heine: «La contribución de la “nueva izquierda” al resurgir de la democracia española, 1957-1976», en Josep Fontana (ed.): España bajo el franquismo, Barcelona, Crítica, 1986, pp. 152-153.

[5] Una síntesis de las trayectorias de las principales organizaciones de la izquierda revolucionaria, en Ricard Martínez i Muntada: «La izquierda revolucionaria de ámbito estatal, de los sesenta a los ochenta: una brevísima historia», Viento Sur, 126, enero de 2013, pp. 108-118.

[6] Se denomina Organizaciones Frente a la confederación formada por el Frente de Liberación Popular (FLP), el Front Obrer de Catalunya (FOC) y Euskadiko Sozialisten Batasuna (ESBA). También conocidas como Felipe por sus siglas castellanas, hundían sus raíces en las protestas de 1956 y combinaron su originaria inspiración cristiana con un marxismo plural, heterodoxo y antiautoritario. La obra de referencia al respecto es la de Julio García Alcalá: Historia del Felipe (FLP, FOC y ESBA). De Julio Cerón a la Liga Comunista Revolucionaria, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2001. Específicamente sobre el «FLP III», última de las tres fases en que se suele periodizar la historia de las OF, véanse José Luis de Zárraga: «Memoria del FLP 3 y su gente en Madrid, 1963-1967» y Miguel Romero: «FLP III (1966-1969). Del encuentro a la encrucijada», ambos en Ana Domínguez Rama (ed.): Enrique Ruano. Memoria viva de la impunidad del franquismo, Madrid, Editorial Complutense, 2011, pp. 151-175 y 179-194, respectivamente.

[7] Aunque también se dieron conflictos como el que desembocó en la expulsión, en 1965, de la radicalizada Federación Exterior; sus componentes, junto con algunos militantes procedentes del POUM, formarían el mismo año Acción Comunista; véase Julio García Alcalá: Historia del Felipe..., pp. 173-189.

[8] Hartmut Heine: «La contribución de la “nueva izquierda”...», p. 683; Massimo Teodori: Las nuevas izquierdas europeas…, vol. II, pp. 513-591.

[9] Julio García Alcalá: Historia del Felipe..., pp. 200-201.

[10] José Gutiérrez Álvarez: «La segunda muerte de Juan Colomar Albajar, “Carapalo”», Viento Sur digital, 29/07/2011, <http://vientosur.info/spip.php?arti.... También García Alcalá se refiere a la intervención de Sacristán.

[11] Una síntesis interpretativa de la confrontación FOC-PSUC, en Xavier Domènech: Clase obrera, antifranquismo y cambio político. Pequeños grandes cambios, 1956-1969, Madrid, Los Libros de la Catarata, pp. 272-290. En cuanto a la escisión de «Unidad»-PCE(i) y a la creación de Bandera Roja, véase José Luis Martín Ramos: «Los orígenes de una nueva formación», en Íd. (coord.): Pan, trabajo y libertad. Historia del Partido del Trabajo de España, Barcelona, El Viejo Topo, 2011, pp. 30-32 y 48-49, respectivamente.

[12] Sobre la crisis del FOC y del conjunto de las OF, desde este punto hasta su final, véanse Julio García Alcalá: Historia del Felipe, pp. 205-213 y 251-261, y Martí Caussa: «Los orígenes de la LCR, 1969-1973», en Martí Caussa y Ricard Martínez i Muntada (eds.), Historia de la Liga Comunista Revolucionaria (1970-1991), La Oveja Roja, Madrid, 2014, pp. 19-21.

[13] Martí Caussa: «Los orígenes de la LCR…», p. 20.

[14] Julio García Alcalá: Historia del Felipe, p. 198.

[15] Miguel Romero: «FLP III (1966-1969)…», pp. 187-190.

[16] Suplemento de Frente, julio de 1959, citado por Julio García Alcalá, Historia del Felipe, pp. 67-68.

[17] Julio García Alcalá: Historia del Felipe..., pp. 36-37 y 263-269.

[18] Miguel Romero: «FLP III (1966-1969)…», p. 190.

[19] Entrevista con Jaime Pastor, 30 de abril de 1993, en Consuelo Laiz: La izquierda radical en España durante la transición a la democracia, Tesis doctoral, Universidad Complutense de Madrid, 1993, tomo II (apéndice: entrevistas), p. clxx.

[20] Entrevista con Miguel Romero, 30 de mayo de 2013, en Equipo Cartografías de Culuras Radicales (coord.), Memoria de combate. (Auto)biografía oral de Miguel Romero, “Moro”, Madrid, Ediciones Contratiempo, 2014, p. 24.

[21] Miguel Romero: «FLP III (1966-1969)…», pp. 191-192.

[22] Ibíd.

[23] Miguel Romero: «Mayo del 68 desde lejos: un ensayo impaciente», en Manuel Garí, Jaime Pastor y Miguel Romero, 1968. El mundo pudo cambiar de base, Madrid, Libros de La Catarata, 2008. pp. 318-319.

[24] Entrevista con Miguel Romero, 30 de mayo de 2013, en Equipo Cartografías de Culuras Radicales (coord.), Memoria de combate…, pp. 26-27.

[25] José Luis de Zárraga: «Memoria del FLP 3...», p. 174.

[26] Archivo Digital de la LCR (ADLCR), <http://www.historialcr.info&gt;, doc. 1.1. Comunismo, 0/1, abril de 1970, pp. 16-18.

[27] Martí Caussa: «Los orígenes de la LCR…», pp. 20-21.

[28] José Luis de Zárraga: «Memoria del FLP 3…», pp. 174-175.

[29] ADLCR, doc. 1.1. Comunismo, 0/1, p. 18.

[30] Martí Caussa: «Los orígenes de la LCR…», p. 21.

[31] Entrevista con Miguel Romero, 30 de mayo de 2013, en Equipo Cartografías de Culturas Radicales (coord.), Memoria de combate…, pp. 49-50.

[32] Manuel Garí: «El “Felipe”: una historia por escribir», en José Manuel Roca (ed.): José Manuel Roca (ed.): El proyecto radical. Auge y declive de la izquierda revolucionaria en España (1964-1992), Madrid, Libros de la Catarata, 1994, p. 131. Aurora Longo y Concepción Lallana: La Liga Comunista Revolucionaria (1971-1978), Trabajo de fin de carrera, Universidad Complutense de Madrid, 1979, p. 5.

[33] Las informaciones sobre Valencia y Asturias provienen de José Luis de Zárraga: «Memoria del FLP 3...», pp. 173-174, e Íd.: «Cronología del FLP y su época», en Ana Domínguez Rama (ed.): Enrique Ruano…, p. 396. La referente a Bilbao, de un informe de la inteligencia militar: ADLCR, s/n. «La Liga Comunista Revolucionaria (L.C.R.)», Grupos clandestinos subversivos, 1, noviembre de 1973 (con anexo de mayo de 1974), p. 5.

[34] Sobre la LC y su sucesora, la Ligue Communiste Révolutionnaire (LCR), véase Jean-Paul Salles: La Ligue Communiste Révolutionnaire (1968-1981). Instrument du Grand Soir ou lieu d’apprentissage, Rennes, Presses Universitaires de Rennes, 2005. La investigación se detiene al inicio de los ochenta, si bien la LCR francesa pervivió hasta 2009, año en que se disolvió para formar el Nouveau Parti Anticapitaliste (NPA). Una visión que abarca una cronología más amplia, incluyendo al NPA, en Florence Joshua: Anticapitalistes. Une sociologie historique de l’engagement, París, Éditions La Découverte, 2015.

[35] Miguel Romero: «El trotskismo de la Liga», en Daniel Bensaïd, Trotskismos, Barcelona, El Viejo Topo, 2007, p. 100.

[36] Archivo Personal del Autor (APA). Martí Caussa: «Historia LCR 1969-1988», documento sonoro (charla para la dirección del MC), 1988; el esquema de dicha charla, en: APA. Martí Caussa: «Guión sobre la historia de la LCR», notas inéditas, s.l., s.f. [2006]. Véase también Entrevista con Jaime Pastor, 30 de abril de 1993, en Consuelo Laiz: La izquierda radical..., tomo II, p. clxvii.

[37] Entrevista con Miguel Romero, 30 de mayo de 2013, en Equipo Cartografías de Culuras Radicales (coord.), Memoria de combate…, pp. 50-51.

[38] Entrevista con Jaime Pastor, 30 de abril de 1993, en Consuelo Laiz: La izquierda radical..., tomo II, p. clxviii.

[39] Miguel Romero: «Mayo del 68 desde lejos...», p. 320.

[40] Posteriormente, la LCR haría autocrítica sobre la «concepción burocrática y fraccional del debate» asociada a esta «expulsión a plazo fijo»: ADLCR, 1.25. II Congreso de la LCR, «Resolución sobre la crisis de la LCR», Comunismo, 5, diciembre de 1972, p. 5. El grupo lambertista, encabezado por Arturo van der Eyden, «Aníbal Ramos», constituiría la Organización Trotskista y más adelante, en 1974, el Partido Obrero Revolucionario de España (PORE).

[41] Entrevista con Miguel Romero, 30 de mayo de 2013, en Equipo Cartografías de Culuras Radicales (coord.), Memoria de combate…, p. 48.

[42] José Gutiérrez Álvarez: «La segunda muerte...».

[43] Martí Caussa: «Los orígenes de la LCR...», p. 26.

[44] ADLCR, doc. 1.1. Comunismo, 0/1, pp. 2-7.

[45] Ibíd., pp. 9-13 y 57-58.

[46] Entrevista con Jaime Pastor, 30 de abril de 1993, en Consuelo Laiz: La izquierda radical..., tomo II, pp. CLXXI. La crítica al PCE como culpable de las dificultades de las Comisiones Obreras sería compartida por otras organizaciones de la izquierda revolucionaria; para el caso de la ORT, véase Emmanuele Treglia: Fuera de las catacumbas..., p. 259.

[47] ADLCR, doc. 1.1. Comunismo, 0/1, pp. 1, 14-15 y 57-66.

[48] Ibíd., pp. 23-52.

[49] El planteamiento del Programa de Transición, documento fundacional de la IV Internacional elaborado por Trotsky en 1938, consiste en la formulación de reivindicaciones que, sin ser directamente revolucionarias, por sus propias características no puedan ser realizadas en el marco del capitalismo y, por lo tanto, hagan evidente a ojos de las masas la necesidad de acabar con él.

[50] ADLCR, doc. 1.1. Comunismo, 0/1, pp. 31, 75-80 y 87.

[51] Ibíd., pp. 70-73. Sobre las posiciones del grupo Comunismo ante el movimiento obrero y la evolución de las mismas, incluidos los primeros años de la LCR, resulta imprescindible el detalladísimo estudio de Daniel Escribano: Aquí falta el Partit! Aproximació a les estratègies de l’esquerra radical en el moviment obrer al final del franquimo, Trabajo para DEA, Universitat de Barcelona, 2005.

[52] Dipòsit Digital de Documents de la UAB (DDD-UAB). María [Lucía González] y Gerardo [Jaime Pastor]: «La Jornada del 3 de noviembre y la intervención de los revolucionarios», Boletín, 8, s.l., s.f. [noviembre-diciembre de 1970]. <http://ddd.uab.cat/pub/ppc/boletinL....

[53] Entrevista con Jaime Pastor, 30 de abril de 1993, en Consuelo Laiz: La izquierda radical..., tomo II, p. clxxi.

[54] DDD-UAB. «Proyecto de Táctica-Plan», en Boletín, 9, s.l., s.f. [enero de 1971], pp. 2A Y 6C, <http://ddd.uab.cat/pub/ppc/boletinL....

[55] ADLCR, s/n. «La Liga Comunista Revolucionaria (L.C.R.)», Grupos clandestinos... Específicamente sobre «Proletario», véase también Daniel Escribano: Aquí falta el Partit! Aproximació...

[56] Martí Caussa: «La LCR y la izquierda radical (1966-1975), Viento Sur, 115, marzo de 2011, p. 52.

[57] Miguel Romero: «Mayo del 68 desde lejos...», pp. 320-321.

[58] Entrevista con Miguel Romero, 30 de mayo de 2013, en Equipo Cartografías de Culturas Radicales (coord.), Memoria de combate…, pp. 49 y 53.

[59] ADLCR, doc 1.4. Buró Político de la LCR, «¡¡Viva la Liga Comunista Revolucionaria!!», Combate, 1, marzo de 1971, pp. 3-9.

[60] Ernest Mandel: «Le crépuscle du franquisme», Quatrième Internationale, 47 (enero de 1971); traducción castellana: «El crepúsculo del franquismo», Viento Sur, 84, enero de 2006, pp. 84-93.

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